"Se vale ser felices": Adriana García Zapata
El pasado noviembre hacía ya algunos meses que me sentía fatigada y había pensado en hacerme unos análisis de sangre, porque tal vez me faltaban vitaminas. A finales de ese mes mi tía llegaba de Los Ángeles, así que después del gimnasio me senté a tomar café con ella.

Estaba sudada por mi clase cuando me dio comezón en el pecho. Al frotar el área y con el cuerpo resbaloso por el sudor sentí una bolita en mi seno izquierdo y me inquieté. La duda fue lo que me acompañó durante los siguientes tres meses ya que el primero de febrero, en una hoja de laboratorio, me diagnosticaron con cáncer de seno a mis 29 años. ¿Pensé que podía ser cáncer cuando sentí la bolita? No ¿El cáncer me dio miedo? No ¿Lloré? Sí ¿Sobreviví? Renací.

La parte más importante de esta primera etapa fue que decidí no tener miedo. Después de los resultados de mi ultrasonido que diagnosticaban: Bi-rads IV “sospecha de cáncer”, mi hermano -que es médico- me dijo que debía ir con la ginecóloga al día siguiente y hacerme una biopsia cuanto antes.

Otros amigos médicos me dijeron que debía esperar los resultados de la biopsia pues podía ser “fibrosis”, “calcificaciones”, entre otros. Entonces opté por poner en práctica una de mis pasiones: investigar.

Resultaba que la etapa IV podía ser desde 30% de posibilidades de tener cáncer hasta 60%. Tras una búsqueda llena de dudas más que de certezas fue que me di cuenta de las posibilidades reales que tenía de estar enferma de cáncer.

También me di cuenta que nadie quiso hacerme ver o entender estas posibilidades; ni los doctores; ni mis parientes médicos; ni mis amigos en el campo de la salud. Cuando ya tenía mis resultados de carcinoma ductal infiltrante los cuestioné molesta -¿por qué no me dijiste?- y entonces uno de ellos me contestó: “no quería asustarte”. Ese momento fue cuando comprendí que no solo tenía que luchar contra mi miedo, sino contra el de los demás.

Entendí por qué los doctores y mis padres seguían diciéndole bolita a mi tumor maligno, el por qué los médicos seguían hablándome como si no fuese capaz de entender cómo funciona un cáncer en el cuerpo humano y como si no valiera la pena que me explicasen lo que significaba “sospecha de cáncer” y mis escenarios posibles.

Comprendí por qué cuando decía: “es que estoy enferma”, mi pareja me corregía, “no estás enferma, solo es algo por lo que estás pasando”. Es decir, experimenté los silencios que hay alrededor del cáncer y que generan un terror profundo.

Me parecía increíble que hacía décadas que Susan Sontag hubiera escrito su libro “La Enfermedad y sus Metáforas”, donde describía que las reacciones a las enfermedades consideradas “incomprendidas”, como el cáncer, infunden un terror totalmente pasado de moda.

En este texto la autora argumentaba que en el siglo XIX la tuberculosis equivalía a sentencia de muerte, tal como hasta hace unas décadas el cáncer. Que por 400 años fue fatal y hoy en día ya no se le atribuye horror. De manera que lo importante no era la enfermedad en sí, sino lo que construimos a su alrededor y hasta que no dejemos de tratarlas como algo perverso y no como una mera enfermedad, los posibles enfermos se desmoralizarían al enterarse que la padecen.

Uno de los puntos que rescaté de esta lectura fue que la solución no estaba en no decirnos la verdad, sino en ratificar la idea que teníamos de ella. Fue entonces que decidí continuar explorando la vida con cáncer. Sobre todo, quería entenderme a mí misma, quería conocer cómo funcionaba mi cuerpo y la enfermedad, quería irme a la cama con la sensación de que podía permitirme sentir mi enfermedad. Aprendí que los silencios alrededor del cáncer había que evidenciarlos, criticarlos y desgastarlos. Que era tiempo de elegir mi propio camino.

Entonces decidí que ser paciente joven con cáncer era mi camino y que trataría de caminarlo con la mejor expresión de mí misma. Que por algo me tocó y ese algo lo iba a tratar de descifrar todos los días. Que ahora en mi vida la palabra cáncer no solo era por un tiempo, sino para toda la vida.

Compartiendo experiencias con otras mujeres conocí las múltiples formas de vivir nuestras enfermedades. En un grupo de mujeres con cáncer había quienes no conocían el tipo de cáncer que tenían, en qué consistía o cuáles eran sus características; tampoco sabían si los doctores habían tomado las decisiones correctas en cada uno de sus casos; si les quitaron su seno y en cambio, pudieron salvárselo; si estaban en etapa I, II, III o VIII; si el tratamiento que recibieron era el adecuado o cuáles eran sus pronósticos.

También había quienes llegaban al siguiente día de su diagnóstico y lloraban todo lo que no pudieron llorar en casa; quienes se reservaban para hablar pero ahí estaban todos los días; quienes reían a carcajadas y quienes portaban la bandera rosa como una bendición.

A mí me pareció hermoso aprender que cada cáncer es único y que cada ser humano decide vivir su camino de una forma muy especial. Durante mi proceso recibí halagos, aplausos, palabras de aliento, abrazos y amor. También recibí comentarios de cuán fuerte era y cómo esa fortaleza era admirable. Sentimientos que agradecí desde el alma, sin embargo, también hubiera agradecido que los pacientes provocáramos esos mismos sentimientos por haber llorado. Porque de alguna manera juntos anhelamos esto que llamamos “ser fuertes y guerreras”.

Debido a estas construcciones de mujer fuerte me levantaba con una sonrisa para que mis familiares no se preocuparan y pensaran que todo iba a estar bien. Para tratar de combatir la enfermedad siempre con “la mejor actitud”, pues según dicen, ésa era la clave. Hoy pienso que esas exigencias que nosotras mismas nos ponemos son, en parte, porque ellos también tienen miedo. De manera que no se trata de quitarnos el miedo propio o el de nuestros familiares, sino el que construimos como sociedad.

Ésta es una invitación a que participemos en visibilizar y sensibilizar la lucha contra el cáncer. Y me refiero a que, si sientes algo en tu cuerpo, la mejor manera de ayudarnos es quitándote el miedo y revisándote para que juntos construyamos posibilidades para nuestros enfermos.

Para no tener miedo. Para romper los silencios. Para no escondernos. Para no luchar contra los miedos que construimos. Para transmitir vida y construir un mundo de posibilidades para nuestros enfermos. Para permitirnos ser seres humanos con fortalezas y debilidades. Para sentir alegrías y tristezas como cualquiera. Para fortalecer nuestros espíritus. Para gritar nuestros sentimientos. Para saber que a cualquiera nos puede pasar y que cuando nos pase, se vale ser felices.